Negar que algo habrá hecho Apple para estar donde está sería negar lo evidente. No se puede obviar el hype que la compañía ha conseguido durante estos últimos años, que convierte a sus clientes en fans más que en consumidores, y donde el dinero invertido en publicidad es residual frente a la increíble promoción gratuita de sus servicios en blogs, periódicos y televisiones. Pero esta estrategia de marketing está comenzando a pasarles factura, y de qué forma.
La Apple de los últimos años había basado casi toda su estrategia de comunicación, y de paso de ventas, en dos pilares: Steve Jobs y los productos estrella, anunciados por el primero en las celebérrimas keynotes y puestos a la venta los días siguientes. Una estrategia que difiere de todo lo visto por sus rivales hasta la fecha, y que a priori ha arrojado resultados espectaculares.
Pero los problemas llegan cuando se descubre que estos dos pilares son tan potentes como endebles. Que todo el peso de la compañía recaiga sobre una persona ha sido su gran virtud durante unos años, pero una enfermedad terminal para el futuro. Steve Jobs no es inmortal, y sus problemas de salud hace unos meses demostraron la dependencia de Apple a Steve: caída de la cotización en bolsa, falta de confianza entre los inversores, menos revuelo mediático... pero lo más preocupante es sin duda cuando el CEO ejerce también, él solo, como principal responsable de prensa y de atención al usuario. Los cortos pero contundentes mails de Jobs a consumidores y periodistas varios han pasado de ser una anécdota a acarrearle a Apple problemas gordos. Que si "esto no lo he dicho yo" o "esto sí lo he dicho pero seguramente no tendría que haberlo dicho" han sido el pan nuestro de estas últimas semanas, y habrá puesto de los nervios al departamento de comunicación de la compañía de la manzana.